Páginas vistas

lunes, 30 de octubre de 2023

El auge industrial en Galdakao originó barrios nacidos de la fábrica

Barrios tan característicos como los de Tximelarre, Zuatzu y Olabarrieta.

Varias construcciones en el barrio de Zuatzu, que nació vinculado a La Dinamita.

 

ALGUNOS de los modelos de viviendas más peculiares de Galdakao nacieron del apogeo industrial y vinculados a fábricas que dispararon la demografía en la localidad. Al contrario que en la mayoría de lugares, la industrialización dejó en este municipio ejemplos de soluciones modélicas para dar salida a la creciente demanda de viviendas. Los casos más claros en el municipio fueron los de Zuatzu, Tximelarre y, años más tarde, Olabarrieta, barrios que cuentan con una excelente reputación y guardan una curiosa historia.

El pasado otoño las Jornadas de Patrimonio de la Diputación Foral de Bizkaia pusieron el foco en los diferentes tipos de viviendas que se pueden encontrar en el territorio vizcaíno -desde el caserío hasta los castillos pasando por la vivienda obrera- y, en lo que a Galdakao se refiere, se fijaron en los barrios de Zuatzu y Tximelarre. El municipio cuenta en Olabarrieta con otro caso paradigmático de soluciones notables por las que determinadas empresas apostaron, en este caso La Dinamita y Firestone.


Las primeras viviendas de este tipo en llegar a la localidad fueron las de Zuatzu y Tximelarre, en ambos casos ligadas a la implantación de La Dinamita. El historiador Jesús Muñiz Petralanda es un experto conocedor de cómo se forjaron estas dos zonas de la localidad. “Una vez que Alfred Nobel descubrió la dinamita se buscaron en Europa diferentes emplazamientos para empresas que se dedicaran a su elaboración. La empresa conocida como La Dinamita se estableció en primer lugar en Santa Marina, en torno al año 1874, y unos años más tarde se trasladó a Zuatzu. Estos barrios tienen ahí su origen”, explica.

En todo caso, la función que cumplirían uno y otro lugar sería bien diferente. “Las edificaciones de Zuatzu se construyeron en dos fases. En la primera de ellas, entre los años 1912 y 1919 se edificaron construcciones de servicio público y viviendas comunes, algunas de ellas obra de José María Basterra. La segunda fase tuvo lugar después de la Guerra Civil y buscó la creación de viviendas y chalés para técnicos, ingenieros y, en general trabajadores cualificados”, explica. Entre una y otra fase, se creó el barrio de Tximelarre: “Es un proyecto de los años 20 y la mayor parte de las viviendas se inauguraron en 1928. Eran casas para trabajadores de una escala baja dentro de la fábrica y para oficinistas, pero es el planteamiento más interesante”.

Del mundo rural Estas viviendas se plantearon como un proyecto más dentro de las promociones de las llamadas casas baratas que se desarrollaron en Bizkaia, aunque presentaban unas condiciones poco habituales. “Es un planteamiento abierto, ya que son viviendas de baja densidad para obreros, pero que no están construidas en hilera como ocurría con ese tipo de casas. Se buscó que hubiera espacio entre las edificaciones y, de hecho, en todo el entorno de Tximelarre Goikoa y Bekoa existen bosques y jardines. Además, se daba a los trabajadores la posibilidad de apoyar la economía del hogar con huertas y, teniendo en cuenta que muchos de los trabajadores que llegaban a las fábricas procedían del mundo rural, se les facilitaba este cambio manteniendo una ligazón con la tierra”, señala Muñiz Petralanda.

Las propias viviendas ofrecían unas prestaciones poco habituales para la tipología de la que se trataba e incluso desde el punto de vista del diseño eran construcciones de un gran interés arquitectónico. Hubo una persona clave que contribuyó a que se erigiese un barrio tan particular. “Luis Chalbaud pertenecía a una de las familias que había promovido la llegada de La Dinamita a Galdakao, aunque los accionistas eran extranjeros, y era una persona con unas inquietudes sociales muy claras. Tuvo cargos de responsabilidad en la empresa y se preocupó mucho de las condiciones en las que vivirían los trabajadores”, explicó.

En el Congreso Mundial Vasco de Oñati, en 1918, ya había expuesto a través de un artículo la importancia que en su opinión tenía la vivienda de cara a conseguir una sociedad justa y equilibrada. Incluso el estilo arquitectónico reflejó las ideas de Chalbaud en torno cómo debían ser las viviendas de los trabajadores. “Además del concepto de Ciudad Jardín de este tipo de viviendas, en este caso en particular se incorpora el modelo estético neovasco. Para Luis Chalbaud el ideal estético para la familia vasca era el del caserío, algo que se refleja en estas casas. Prácticamente toda la fachada es de piedra, algo excepcional en este tipo de viviendas, se utiliza teja plana, hay un pequeño tejado a dos aguas, vigas de madera o txoritokis”, señala. Los arquitectos José María Basterra y Emiliano Amman fueron los encargados del proyecto.

Hoy, 87 años después de su inauguración, los vecinos de la zona hablan con orgullo de su barrio. “Nos parece que es una gozada vivir aquí. Estamos a tres minutos del centro de Galdakao y vivimos en una especie de pueblo en el que nos conocemos todos, contamos con nuestro pequeño terreno...”, explica Begoña Elorriaga, que llegó al barrio hace una década. A su lado, María Jesús Azaola, cuenta que nació en una vivienda del mismo Tximelarre, donde aún vive junto a su marido. “Es una maravilla, el peligro que tiene el hecho de tener este pequeño terreno es que en vacaciones nos cuesta movernos porque disfrutamos mucho aquí. Yo nací aquí y mi marido, que es de caserío, está encantado, aunque hay cosas que aún se pueden mejorar”, señala.

Dos décadas después del surgimiento de Tximelarre, en 1949, se inauguran las primeras viviendas del barrio de Olabarrieta. En este caso nació vinculado a la cercana planta de Firestone (hoy Bridgestone) del barrio de Urbi, entre Galdakao y Basauri, y muchos lo conocen aún como “el poblado de Firestone”. En los primeros años fueron a vivir a la zona 120 familias de obreros y oficinistas de la fábrica, en su mayoría matrimonios jóvenes, aunque en las últimas décadas se ha producido cierto relevo con la llegada de nuevas familias.

De nuevo se trata de edificaciones de estilo neovasco, divididas en dos partes y con un pequeño terreno para cada familia. Como en Tximelarre y Zuatzu, hoy se trata de un barrio que los vecinos tienen en alta estima. “El barrio está bien conectado y tenemos la suerte de poder vivir en unos chalés relativamente cerca del centro. El terreno da bastante trabajo, pero a partir de la primavera se agradece mucho”, explica la vecina de Olabarrieta Marisa Hernáez.

En la última década se han construido nuevos chalés en la parte alta del barrio, aunque sigue manteniendo su esencia y aún se celebran unas fiestas muy familiares a finales del mes de mayo.

 

Un reportaje de Ander Goyoaga(Deia)

 

 

 

 

 

 

jueves, 3 de agosto de 2023

Patxi Bilbao, un antifascista en el bando secuestrador

 Patxi Bilbao narra por primera vez con 103 años su periplo en la guerra siendo hermano de dos gudaris del batallón Kirikiño, del PNV. “Yo no eché ni un solo tiro”, recuerda.

                           Patxi Bilbao, en su domicilio familar IBAN GORRITI

 "Yo con los fascistas no quería ir". Patxi Bilbao resistió como pudo a no formar parte de las levas del franquismo, es decir, a no ser reclutado de forma forzada para el servicio militar que le coincidió en días de la Guerra Civil. Más cuando dos de sus hermanos estaban luchando en el batallón Kirikiño, del PNV, en aquel conflicto bélico. Y es que como bien narra él mismo por primera vez a un medio de comunicación era y es hoy a sus 103 años abertzale. Él mismo se califica en su casa del barrio Uraska de Galdakao como “abertzale, solo vasco”, agrega vestido con un jersey con los colores de la ikurriña junto a su mujer, Polen Agirre, amable nonagenaria.

Finalmente, tras intentos de no ser encontrado, como dará testimonio más adelante, fue forzado a presentarse en el cuartel bilbaino de Garellano. Corría el año 1938. Había caído Bilbao en manos facciosas un año antes. El vizcaino, huérfano de padre, tenía imberbes 17 años. “No eché ni un solo tiro en la guerra y, teniendo en cuenta que mis hermanos estaban en el bando republicano, me aterrorizaba pensar que yo pudiese herir o matar a uno de los míos si coincidíamos en la línea del frente”, detalla este jeltzale, cofundador del grupo de montaña Ganguren.

Patxi Bilbao Uribarri, con mente centenaria activa, echa la mirada atrás. Nació el 24 de marzo de 1920 en Iberluze, Galdakao, en el seno de una familia nacionalista numerosa de ocho hermanos: Casi, Juli, Esteban, Amado, Eulogia, María Luisa, Patxi e Iñaki. Su padre falleció cuando él tenía seis inocentes años. Su madre, Modesta Uribarri, ya era viuda con ocho hijos cuando detonó la Guerra Civil. Por todo ello, desde niño tuvo que aportar al hogar trabajando: segando y cultivando las fincas de otros propietarios. Aquel otoño, con su talante contrario al fascismo, al golpe de Estado de generales españoles, participó en la construcción de trincheras del Cinturón de Hierro en Olabarri Auzoa de Galdakao. “Fui voluntario”, confirma orgulloso y junto a su mujer aportan un detalle. “Goicoechea, el del Talgo, nos traicionó y, más adelante, se hizo un llamamiento a los vascos a boicotear una tienda de menaje que tenía en Bilbao y tuvo que acabar cerrando. Merecido”.

En aquellos primeros compases de la ofensiva enemiga, sus hermanos Esteban y Amado, movidos por su fervor nacionalista vasco se alistaron al batallón Kirikiño y partieron a defender Euskadi, derechos y libertades. En este momento, aún no fue obligado a ir a filas por su temprana edad: 16 años. Viendo el cariz que tomaba la resistencia en Bizkaia, su madre decidió el 14 de junio de 1937 huir hacia Enkarterri. “Fuimos a Avellaneda (Urrestitza). Hice trayecto a pie con mi ama, una vaca que volvió con el tiempo a casa y unas cuantas gallinas”, narra.

La huida hacia Enkarterri

Pernoctaron al aire libre en Bilbao, en Lutxana y allí vendieron las gallinas con el objeto de tener algo de dinero. El resto de hermanos, salvo los gudaris, hicieron el trayecto en una camioneta. Allí vivieron una anécdota. Iban a la Casa de Juntas y a unos kilómetros de aquel destino, en un bache, se cayó una de las hermanas, Juli, y ninguno se dio cuenta. La hermana de Patxi tuvo que hacer el trayecto que quedaba a pie. Les acogieron en una vieja casa que tenía un gran pajar y que antaño fue Capilla del ángel, frente a la Casa de Juntas. “Allí se oficiaban tiempos antes misas y, los presos que tenían encarcelados en la Casa de Juntas podían oírlas. En esta vivienda esperaron que su ama Modesta, Patxi y la vaca llegaran ese mismo día”, aporta Koldobika, uno de los hijos del matrimonio. Arribaron al anochecer y la madre portaba un gran balde de leche ordeñada a la vaca encima de la cabeza. Diversos combatientes con las que se iba cruzaban en el camino, le pedían que les permitieran beberla, pero Modesta se negó pensando en los hijos que le esperaban.

En este edificio –hoy hotel restaurante Batzarki– fueron acogidos por dos maestros de Avellaneda: Servando y Ramona que, además de cobijo, les daban de comer a todos, a cambio de que Patxi segase las heredades que la pareja poseía.

Como sentían ya el aliento fascista que avanzaba hacia tierras cántabras, Ramona y Servando escondieron durante unos días a Patxi para que no le llevasen al frente a luchar con los franquistas. Durante este tiempo, su hermano Amado ya fue apresado en Santoña y reo en el Colegio Barquina de Castro Urdiales “durante mucho tiempo”. Su otro hermano, Esteban, seguía luchando en la zona de Barcelona. “Allí conoció a su futura esposa, Flori Larrea, que, en ese momento, era secretaria del lehendakari Aguirre, primero en Bilbao, y luego en la delegación del Gobierno vasco en Barcelona”, pormenorizan.

La familia aguantó en Avellaneda hasta septiembre de 1937, regresando todos a Galdakao, excepto Patxi que, como agradecimiento a los maestros locales que les acogieron y le escondieron a Bilbao jugándose la vida, “me quedé para ayudarles a recoger la cosecha de otoño”. Tiempo después, Patxi retornó a su casa familiar de Galdakao, con el convencimiento de que, al no tener aún 18 años, no le llevarían al frente. “En ese momento, el Gran Bilbao, como se decía antes, tenía menos tensión bélica por estar ya ocupado por los fascistas”, valoran.

 Llamado a filas

           Patxi Bilbao en una imagen de cuando era soldado. Archivo familiar 

 

Sin embargo, el Estado dictatorial lo llamó a filas para aumentar así el número de hombres disponibles por Franco. El galdakoztarra debía presentarse obligatoriamente en el cuartel de Garellano para realizar una instrucción de dos días. Lo destinaron al Frente del Ebro. Formó parte de la Quinta del biberón o Leva del biberón. Lo contextualiza Koldo: “Tradicionalmente se considera Quinta del Biberón, a las levas realizadas durante los años 1938 y 1939 por parte del Ejército Republicano, pero, ya en el estío de 1938 jóvenes vascos fueron llevados al frente por parte del Ejército franquista, con apenas 18 años”.

De este modo, y de alguna forma “secuestrado”, fue enviado a combatir contra los suyos, contra los republicanos, en territorio tarraconense de Gandesa. “Yo no eché ni un solo tiro en la guerra. En un momento en el que me ordenaron salir de la trinchera para avanzar, fui herido en esta mano en la que me queda una marca, por una bala perdida en el municipio de Bot”, detalla y sorprende al valorar que “esa fue mi gran suerte, ya que me evacuaron en camilla a retaguardia en primer lugar. Mientras me trasladaban oía otros soldados decirme que qué suerte tenía, ya no tenía que luchar”.

De la retaguardia, Patxi fue evacuado al Hospital Mercantil de Zaragoza y al ser vasco, a continuación, al Hospital de Guerra de Algorta. “Como no queríamos ninguno de los que allí estábamos volver al frente por no ir en contra del poder republicano, hacíamos que nuestras heridas no sanasen, untándonos con la leche de tallo de los higos y de esta forma las heridas se cronificaban”.

En Algorta, labró amistad con dos otorrinolaringólogos: Santos Padagigorria y Gonzalo Bravo Pacheco. A pesar de ser franquistas, le protegieron y pusieron de camillero en el Santo Hospital Civil de Basurto para evitar así una posible vuelta al frente. Allí hizo amistad con una monja. “No recuerdo su nombre, pero me salvó en varias ocasiones de que me llevasen de nuevo al frente. Alegaba que me necesitaba en el Hospital”. Curiosamente, hoy el matrimonio tiene hijos médicos.

Una vez finalizada la guerra Patxi volvió a Galdakao, con su familia. Sus hermanos, al cabo del tiempo también regresaron sanos. Solo uno de los gudaris recibió un disparo. “Pero, les quedaba lo peor”, acentúa su hijo: “La posguerra, la miseria, el hambre y la dictadura”.

En 1942, la familia visitó la casa en la que les acogieron para dar las gracias a aquellos maestros. “Y desde, 2000, que ha sido hotel también hemos comido y dormido allí”, agrega Polen. Además, como “huéspedes de honor”. Entregaron a los dueños del establecimiento fotos y documentación que poseían de la estancia de la familia allí. Su hermana Maria Luisa, fallecida hace cuatro años y refugiada como él, firmó en el libro de honor del inmueble: “Galdakaoko Bilbao Uribarri familia museo honetan egon zen errefugiatuta 1937ko gerran”, en referencia a que estuvieron refugiados allí, agradecidos, de por vida.

Un reportaje de Iban Gorriti