Páginas vistas

martes, 27 de octubre de 2020

La primera Ikastola

 Durante la primavera de 1931 se llegó a creer que la concesión del bilingüismo escolar para Euskadi sería un hecho. A fin de recabar la facultad de la enseñanza vasca, una comisión se trasladó a Madrid el mes de mayo de 1931 entrevistándose con el Ministro de Instrucción Pública, que se mostro favorable al bilingüismo. Pero los propósitos no se lograron.


                                Edificio de la primera ikastola.

 

Con anterioridad a la puesta en marcha de la ikastola, los abertzales locales preocupados por la pérdida de la cultura vasca y la falta de apoyo de las instituciones públicas, constituyeron un euskaltegi municipal a finales de 1931 con el impulso de la sociedad euskerica local ”Euzkerearen Adizkidiak”, presidida por Carmelo de Leizaola y como secretario Jenaro de Egileor. Dispuso de la ayuda de Presentación de Uriarte, del Ayuntamiento y de la sociedad “Electra de Galdácano”.  Posteriormente, en 1932 surgió la inquietud de instaurar una ikastola, comenzando las reuniones con el Ayuntamiento en su afán de implantarla.

La Federación de Escuelas Vascas, prestó su apoyo personal y económico, ofreciendo una alternativa educativa y lúdica vasca a los niños y niñas. Para ello organizaron ikastolas, siempre y cuando económicamente se pudo, así como actividades extraescolares y de fin de semana. Con donaciones de multitud de euskaltzales, estuvo dirigida por el “Comité ejecutivo pro Escuela Vasca”, compuesto por el presidente Carmelo de Leizaola como socio protector; las vocales Guadalupe de Artetxe y María de Arostegi por Emakume Abertzale Batza (EAB); Jacinto Mongelos y Melchor de Ugarte por EAJ- PNV; Francisco de Zabala y Felipe de Gurtubai por Juventud Vasca; Santos Muñoz como alcalde accidental y el secretario Genaro de Egileor.

Ya en plena Republica, decidieron dar el paso de constituir una ikastola. Dicha ikastola, al igual que el resto constituidas en diversas localidades, formó parte de la federación Euzko Ikastola Batza (EIB). Su actividad docente, encomendada a las andereños Monika de Lekunberri y Rosa de Lekerika, ofreció numerosas alternativas de carácter educativo y lúdico a los más pequeños. A modo de ejemplo, cabe indicar la iniciación a la lectura, escritura y declamación en euskera, el aprendizaje de cantos y danzas vascas, la preparación religiosa en euskera y el conocimiento de Euskadi y su cultura.

El domingo 15 de abril de 1934 quedó inaugurada la primera ikastola de Galdakao, situada en la planta baja de “Plazakoetxebarria” del barrio de Plazakoetxe, con un presupuesto de 5.000 pesetas y la ayuda de los euskaltzales locales. La bendición de los locales de la ikastola de Galdakao comenzó a las once y media de la mañana. Asistieron representando a EIB, la señora Gandarasbeitia y los señores Zubizarreta, Irala y Garate; el delegado del Ayuntamiento de Galdakao, Simón Linaza; el presidente de la Junta Municipal, Melchor de Ugarte; presidenta y directivos de Euzko Gastedija, presidenta y directivas de EAB y Junta de gobierno de la ikastola. Bendijo el local el párroco de Galdakao, Mariano de Uriarte, que dirigió unas palabras en euskera a los niños que asistieron a la escuela y felicitó a la Junta de Gobierno. Después del párroco, hizo uso de la palabra el miembro del BBB y de EIB señor Zubizarreta. Explicó como en la ikastola no se iba solamente a instruir a los alumnos, sino también a educarlos, a formarlos, animando a apoyar la iniciativa. Con esto se dio por terminado el acto. Todos los alumnos y resto de niños de la escuela fueron obsequiados con paquetes de caramelos y las autoridades asistentes fueron obsequiadas con un “lunch” servido por miembros de EAB. También asistió al acto gran número de padres y socios protectores de la escuela.

Los cursos escolares finalizaban con fiesta y entrega de premios. La Junta facilitaba un buen número de becas y la comisión de coros de Agate Deuna distribuía la recaudación realizada a la ikastola, mientras que el día de Reyes se organizaba una función infantil, en la que se celebraba una tómbola de juguetes, juegos infantiles con música y la representación. En marzo de 1936, tras la muerte de Carmelo Leizaola y por el trabajo de éste por la instauración de la ikastola, fue descubierta una placa de agradecimiento costeada por gran número de euskaltzales.

Las tropas fascistas a porrazos rompieron la placa y una vez que penetraron con terror y violencia en Euskadi, se dedicaron a destruir todo cuanto hallaron en estas escuelas A finales del franquismo, en 1968, la ikastola se reabrió en Zabalea.

 

jueves, 1 de octubre de 2020

La fiesta de Aberri Eguna

 

La Comisión organizadora de la fiesta de Aberri Eguna señaló el programa de actos que el domingo 31 de mayo de 1936 se celebraría en Galdakao.

Al anochecer del sábado 30, se encendió en el monte San Antón Txikerra una hoguera de salutación y al mismo tiempo la Banda de Txistularis recorrió las barriadas locales ejecutando biribilketas y anunciando la fiesta. El domingo a la mañana las casas galdakoztarrak aparecieron engalanadas con colgaduras y banderas vascas.

Aberri Eguna frente a Sabin Etxea, en Bilbao. Foto Euzkadi.

 

La mañana del domingo comenzó a las ocho de la mañana, la Banda de Txistularis recorrió los barrios de Usansolo, Gumuzio, Bengoetxe, Zuazo, Plazakoetxe y La Cruz, tocando diversas piezas musicales. A las diez de la mañana, en la iglesia parroquial tuvo lugar una misa mayor con la participación de la Schola Cantorum, que interpretó la partitura de la misa a tres voces de Cicognani, cuyos fieles recibieron el Pan de los Ángeles.

Terminada la misa, en la plaza Sabino de Arana hubo varios festejos, como ezpatadantza, aurresku, etc. Las Bandas de Música y Txistularis interpretaron un concierto musical. A las once y cuarto en la plaza Sabino de Arana, se verificó un concurso de aurreskularis con premios en metálico. Seguidamente los ezpatadantzaris del cuadro de Juventud Vasca de Galdakao bailaron algunos números. A las doce, las Bandas de Música y Txistularis ejecutaron conciertos musicales de obras vascas y al final del acto, el himno vasco.

A las tres y durante la hora del café en el Batzoki, se hizo la ofrenda de la fiesta y el presidente de la Junta Municipal de EAJ-PNV Pablo de Barandika, leyó unas cuartillas en euskera. Los txistularis ejecutaron varias obras, la ezpatadantza y la actuación de las hilanderas que se aplaudió con cariño.

Por la tarde, a las cuatro y media en el frontón de La Cruz, se jugó un partido de pelota a mano entre las parejas de los batzokis de Usansolo y La Cruz. A las cinco principió la romería vasca, de cuya amenización se encargaron las Bandas de Música y Txitularis. A las seis, dos grupos de gorularis y ezpatadantzaris de los batzokis de La Cruz y Usansolo, realizaron una exhibición de danzas vascas. La romería continuó hasta las ocho con bastantes jóvenes de pueblos vecinos y al final de la misma, la Banda de música interpretó una gran kalejira. Termino la fiesta con una gran biribilketa.

 

Fuente: Euzkadi

 

 

 

 

martes, 25 de agosto de 2020

El joven que vengó en Galdakao la muerte de su padre

 Para relatar el crimen que cometió en 1913 el joven obrero Santos Elosegi, hay que remontarse ocho años más, hasta 1905, cuando era solo un muchacho de 12 años. Así lo hicieron también quienes tuvieron que dictaminar acerca de su culpa en los dos juicios a los que se sometió, que no tardaron en adquirir un planteamiento viciado: daba la impresión de que lo que se estaba dirimiendo allí era si la víctima había merecido o no el castigo de recibir un tiro.

Ilustración sobre el crimen publicada en "Las Ocurrencias".


El 24 de septiembre de 1905, el padre de Santos apareció muerto. A Manuel Elósegui lo encontraron en el cauce del arroyo que atravesaba la fábrica de La Basconia, en el barrio de Ariz (Basauri), y al sacar el cuerpo del agua se pudo apreciar que presentaba una herida en la cabeza. Entre los que asistieron a la recuperación del cadáver se encontraba el mayor de sus dos hijos, Santos. Según recordaría la prensa ocho años después, Manuel trabajaba como capataz en la factoría y, en el cumplimiento de sus tareas, había denunciado algunas faltas cometidas por otro trabajador de la empresa, José Antonio Zarandona. El enfrentamiento entre ambos era bien conocido y José Antonio se convirtió en sospechoso de haber matado a Manuel, pero nunca se llegaron a presentar cargos, ya que la instrucción achacó las lesiones que presentaba el cuerpo a algún impacto recibido al caer. Sin embargo, el muchacho Santos «oyó repetidas veces a su madre afirmar que su padre había sido asesinado, siendo su agresor José Antonio Zarandona», y «llegó a convencerse de que eran ciertas las suposiciones de su madre», según recogería, también a raíz de su posterior crimen, el periódico madrileño de sucesos 'Las Ocurrencias'. En el interior del adolescente fue fraguando así el deseo de vengar a su padre, que acabó convirtiéndose en una obsesión.

En 1913, Santos Elósegui era ya un joven de 20 años, de oficio electricista, que residía con su madre y su hermano en un tercer piso de la calle Chávarri de Sestao. Le llamaban 'El Chato', trabajaba en la fábrica La Vizcaya y estaba a punto de hacer el servicio militar. Pero, pese a esa vida aparentemente ordenada, Santos había trazado otros planes para su porvenir inmediato: según la crónica de 'Las Ocurrencias', ya había manifestado varias veces que, antes de incorporarse a filas, albergaba el propósito de vengar la muerte de su padre. El lunes 3 de marzo, se despidió de la fábrica, cobró los jornales que se le debían y le dijo a su madre que se marchaba a matar a José Antonio Zarandona. «La madre trató de disuadirle y procuró retenerle en casa, pero todas sus súplicas resultaron inútiles, pues Santos salió, montó en un tranvía que le condujo a Bilbao y después marchó a Galdakao, donde Zarandona vivía», relató el periódico madrileño, que incluso aseguraba que el hermano de Santos partió tras él hacia la capital y alertó allí a la Guardia Municipal, para ver si llegaban a tiempo de impedir el fatal desenlace. Otras fuentes, en cambio, sostuvieron que el encuentro entre Santos y José Antonio se había producido de manera casual, cuando el primero acudió a su viejo barrio de Aperribai para visitar a unos amigos y buscar un nuevo empleo.

El joven hizo noche en Bilbao y se desplazó a Galdakao el martes 4 de marzo por la mañana. A eso de las once, ya en Aperribai, dio con Zarandona, un hombre de 50 años que estaba trabajando una huerta. Se encaró con él y mantuvieron el siguiente diálogo.

-¿Es usted José Zarandona?

-El mismo, ¿qué quieres?

-Que venga usted conmigo para presentarse a las autoridades. Soy el hijo de Manuel, a quien usted mató.

-No puedo confesar eso, yo no fui.

El enfrentamiento verbal pronto pasó a mayores. Según algunas informaciones, fue José Antonio el primero en arremeter contra Santos, armado con un machete. En cualquier caso, el joven había acudido bien pertrechado: empuñó un revólver negro de cinco tiros, de tipo Bull Dog, y disparó dos veces, hasta que José Antonio se desplomó y rodó por tierra. «Me has matado», fueron las últimas palabras de la víctima. El segundo tiro le había atravesado el brazo y le había alcanzado el corazón. Después, Santos regresó a Bilbao y se presentó en el Gobierno civil, donde entregó el arma al ordenanza y le explicó sus motivos. También especificó que, si no lo había hecho antes, había sido por su madre: «Ahora tengo un hermano que puede sostenerla y estoy contento. No me importa ir a la cárcel», declaró.

Noble, grande y generoso

Este «suceso emocionante», como lo catalogó la prensa de la época, produjo una honda impresión en la sociedad vizcaína. El juicio se celebró ante abundante público ocho meses después, en noviembre de 1913. Entre los testigos figuró Timoteo Celaya, que acompañaba a José Antonio en la huerta cuando fue asesinado e incluso salió corriendo en persecución del agresor. También pasó por el estrado la viuda de la víctima, que explicó que Santos se había presentado primero en su casa para preguntar por su marido. Pero el proceso judicial también sometió al análisis del jurado lo ocurrido ocho años antes. Francisco Buesdinta, ingeniero de La Basconia, recordó que Miguel Elósegui había denunciado en una ocasión a José Antonio Zarandona por dormirse en horario de trabajo y añadió que este había jurado que algún día se lo iba a pagar. La defensa también llamó a José Revoque, que dijo haber presenciado lo ocurrido aquel lejano 24 de septiembre de 1905: al apearse en Ariz, vio cómo Zarandona atizaba con un palo en la cabeza al padre de Santos y, una vez en el suelo, le propinaba varios garrotazos más. «No denunció el hecho por creer que el juzgado intervendría y porque a los pocos días marchó a trabajar a Santander», recogió 'La Gaceta del Norte'.

El fiscal pidió de manera explícita al jurado que su decisión no supusiese «un incentivo a los crímenes de venganza», mientras que el abogado defensor insistió en que Santos Elósegi no era un criminal. «En esta sociedad, donde parece que todo lo bueno ha muerto, el espectáculo de un hijo que vindica la muerte de su padre es algo noble, grande, generoso -llegó a argumentar el letrado-. Si alguna familia hay desgraciada, es la del procesado, que tras haber perdido al padre ve al hijo en la situación en que ahora se encuentra». Incluso evocó dramáticamente al Santos de 12 años que «cerró los ojos de su padre y, ante la orilla del río, cubrió su rostro de besos, para ir luego a decir a su madre que ya era viuda». El veredicto del jurado fue de inculpabilidad y el tribunal absolvió a Santos Elósegi, entre aplausos de los asistentes. La revisión del juicio se celebró en febrero de 1914, con idéntico resultado.


Fuente: El Correo Español.

miércoles, 29 de julio de 2020

Capitán Aldekoa


El capitán Vicente Aldecoa Lecanda, había nacido en Galdakao el 18 de diciembre de 1920, siendo su padre ingeniero director de la Unión Española de Explosivos. 

La guerra le cogió en Galdakao, pasando su familia a Francia para después entrar en zona franquista. Estudiante de la carrera de ingeniero, ingresó durante la guerra en la Armada de Aviación, formando parte de la escuadrilla de García Morato. También combatió en los frentes de Rusia como piloto de la escuadrilla de la División Azul, poseyendo, entre otras condecoraciones, la Medalla Militar individual y la Cruz de Hierro alemana.




                                   Imagen de Aldecoa. Foto Museo Aviación Militar Española.


El capitán Aldecoa estaba casado con una nieta de Regueral, que fue durante años gobernador civil de Vizcaya. 

El 9 de mayo de 1954, se celebró el segundo festival aeronáutico del Real Aero Club de España. A las 18,39, a la salida de un “looping”, el aparato tripulado por el capitán Aldecoa perdió velocidad y altura, cayendo en un descampado próximo a la carretera de Cuatro Vientos, fuera del recinto del Aéreo Club de España. 

El capitán Aldecoa pereció a las siete menos cuarto de la tarde, en accidente de aviación  durante el desarrollo del festival aéreo celebrado en el aeródromo de Cuatro Vientos. Tripulaba una avioneta “Bucker-133 Jungmeister” monoplaza, produciéndose el accidente cuando el infortunado capitán, realizaba un ejercicio acrobático. 



                                       Bucker 133 Jungmeister
 

 Al caer a tierra fue trasladado inmediatamente al Hospital Militar de Carabanchel, donde ingresó ya cadáver. Dejó cinco hijos y se daba la triste circunstancia de que dos hermanos políticos, también aviadores y compañeros suyos en la base de León, perecieron en sendos accidentes de aviación.



Fuente: La Gaceta del Norte.